Romper el pacto: Por qué la lucha contra la violencia de género necesita a los hombres de su lado

El debate público alrededor de la violencia de género suele quedar atrapado en una trinchera discursiva inconducente. Ante cada denuncia, ante cada estadística trágica, emerge como un reflejo defensivo la consigna «Not all men» (No todos los hombres). Es una verdad evidente, pero analíticamente estéril: el foco no es la biología masculina, sino la estructura cultural que valida, silencia o minimiza las conductas de abuso. Para erradicar esta problemática, el universo masculino debe pasar del cómodo «yo no fui» al responsable «¿qué puedo hacer yo?».

El mito del «monstruo» y la violencia cotidiana

El principal error de percepción es creer que el violentador es siempre un sujeto marginal, un «monstruo» reconocible a simple vista. La realidad que muestran los expedientes judiciales es distinta: los agresores suelen ser vecinos ejemplares, compañeros de trabajo eficientes, amigos divertidos.

Cuando se sostiene el falso concepto de que «todos los hombres son iguales», se genera un efecto de rechazo que paraliza la autocrítica. El desafío actual no es meter a toda la población masculina en la misma bolsa, sino invitarlos a revisar el «pacto de caballeros». Ese código implícito que opera en el silencio ante un chiste desubicado en un grupo de WhatsApp, en la justificación de un amigo que controla el celular de su pareja, o en la validación de conductas de acoso en ámbitos nocturnos. El silencio no es neutral; es complicidad estructural.

De espectadores a aliados activos

Involucrarse no significa asumir un rol de «salvadores» ni de héroes con capa, sino convertirse en aliados civiles. Esto implica:

  • Interpelar a los pares: Cortar los circuitos de validación del machismo entre hombres. Es más efectivo que un varón le marque el límite a otro varón que cualquier campaña institucional.
  • Revisar los privilegios: Entender que la seguridad con la que un hombre camina de noche por la calle, o la liviandad con la que se mueve en ciertos espacios laborales, no es la misma que la de sus compañeras.
  • Crianza y deconstrucción: Ejercer paternidades responsables que rompan con el mandato de la rigidez emocional y la dominación, enseñando a las nuevas generaciones que la vulnerabilidad y la empatía también forman parte de la masculinidad.

La violencia de género no es un «asunto de mujeres». Es un problema social profundo que tiene a las mujeres como víctimas principales y a los hombres como actores indispensables para su resolución. El verdadero cambio cultural empezará cuando ellos decidan romper el pacto.

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