Ale Dempke: “Todo lo vivido arriba del escenario fue una preparación para lo que venía”

Creció en Villa Dolores y actualmente radicado en Córdoba Capital, Alejandro Dempke fue durante casi dos décadas una de las voces más reconocidas del cuarteto. Integrante original de La Konga entre 2003 y 2012, cuando el grupo comenzaba a forjar su identidad artística, y luego parte de La Barra, donde acompañó durante más de nueve años a La Pepa Brizuela, Dempke recorrió escenarios de todo el país y vivió la popularidad de cerca.

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Lejos de alejarse de su esencia, decidió redescubrirla desde otro lugar: el del coaching ontológico, el liderazgo personal y la oratoria, una nueva etapa que lo llevó a trabajar con personas, guiar procesos de transformación y, al mismo tiempo, reencontrarse consigo mismo.

En esta charla íntima con Fran Vidal Espectáculos, Ale repasa sus inicios, los momentos más intensos de su carrera, su salida del ambiente musical, el momento en que conoció a su pareja, su camino de formación y su presente profesional.

¿Cómo recordás tus primeros pasos en la música y qué significó para vos formar parte de La Konga?

Lo recuerdo con muchísimo cariño y entusiasmo. Te voy a ser sincero, mis primeros pasos en la música fueron directamente con La Konga. Nunca había hecho nada antes, nunca me había subido a un escenario. Ingresar a la banda fue mi inicio absoluto.

Ahí empecé a estudiar canto y viví todo con mucha ilusión, como algo deslumbrante. Tenía una energía inmensa, muchas ganas y una camiseta puesta al cien por ciento. Formar parte de La Konga fue una experiencia hermosa, que recuerdo con mucho amor.

¿Eran amigos? ¿Siguen teniendo contacto?

En realidad, no fuimos amigos, fuimos compañeros de banda. Teníamos una relación muy linda, muy buena. Con quien más relación tuve fue con Juan Argüello. Con él sí compartía más cosas: íbamos al gimnasio, nos juntábamos seguido y yo iba a su casa. Pero amistad profunda, no. Compañerismo, sí.

 ¿Cómo era transitar Villa Dolores en aquellos comienzos, cuando el grupo empezaba a hacerse conocido en la región?

La gente me saludaba, me reconocía, me felicitaba por lo que estábamos logrando. Siempre se dice que en tu propio lugar cuesta más que te reconozcan, pero yo no sentí eso. Nunca escuché cosas como “ahí va el agrandado”. La gente de Villa Dolores siempre se portó muy bien conmigo.

¿Qué aprendizajes te dejó haber estado desde el inicio en una banda que hoy es referente del cuarteto?

Muchísimos. Esa fue mi primera experiencia en todo, el escenario, la gente, los viajes, empezar a estudiar canto, convivir con compañeros, entender el ambiente del cuarteto. En mi caso, nunca había ido a un baile antes. Siempre digo que La Konga fue mi escuela primaria. Ahí se armó toda la base.

 Luego llegó tu etapa en La Barra. ¿Cómo viviste ese salto y qué desafíos te planteó?

Lo viví como el cumplimiento de un sueño. Cuando estaba en La Konga, veía que La Barra era número uno y pensaba “qué increíble sería ser parte de esa banda”. Y un día se dio. Incluso tengo un tatuaje en el antebrazo que dice “Lo que es evidente, antes fue imaginario”. Me lo hice cuando entré a La Barra.

Pero también fue una etapa con desafíos enormes. Entramos dos cantantes nuevos y el público tenía que aceptarnos en un momento sensible, porque se había ido uno de los cantantes. Había mucha turbulencia interna. No sé si el público nos aceptó del todo alguna vez. Fue un contexto complejo, pero lleno de aprendizaje.

Mirando hacia atrás, ¿cuál dirías que fue el momento más intenso y emotivo de tu carrera?

El más intenso fue cuando me tuve que ir de La Konga en junio del 2012. Fue en Catamarca, en el escenario de La Casona. Ese fue mi último show y lo recuerdo como algo muy fuerte. Y el otro momento fue mi despedida de La Barra, el 14 de agosto de 2022, en Plaza de la Música. Ya era una decisión tomada desde el corazón, pero igual fue muy emotivo.

 ¿Hay competencia entre cantantes en el ambiente del cuarteto?

Sí, muchísima. Creo que como en todos los ambientes. Pero depende cómo lo mire cada uno. Si ves al otro como un rival para desprestigiarlo, está mal. Ahora, si la competencia es para crecer, es otra cosa.

¿Qué artistas o bandas te parecen que están haciendo un buen camino hoy?

La verdad, no escucho cuarteto y no sigo a ninguna banda ni solista. Pero sí estoy muy contento por el presente de los chicos de La Konga. Cada vez que veo algo de ellos me pone feliz. Sé todo lo que trabajaron desde el comienzo y sé lo buenas personas que son. Para mí, hoy es el gran referente.

¿Qué música escuchás en tu vida cotidiana?

De todo. En casa, con mi pareja, escuchamos mucha música instrumental, clásica, jazz y, sobre todo, música con frecuencias para revitalizar la casa, la mente y para dormir. También escucho pop latino, aunque ya no tanto como antes. Pero últimamente consumimos más música de bienestar.

¿Hubo un punto de inflexión que te hizo cerrar la etapa musical para empezar un nuevo camino personal?

Sí. Me di cuenta alrededor de 2017, aunque antes no quería ver lo que me pasaba. Había una crisis interna en La Barra, uno de los chicos con los que entré se fue y yo no me sentía cómodo, ni en la banda ni conmigo mismo.

Ese fue el comienzo. Empecé a estudiar asesoría de imagen, después descubrí el mundo del coaching en 2018 y me metí en la carrera. Ahí empezó mi desarrollo personal. Fue un camino de ida.

Cuando presentaste tu nueva faceta dijiste que decidiste “crear tu propia historia”. ¿Cómo comenzó ese proceso de transformación?

En 2014 empecé por mi parte física: gimnasio, nutrición, entrenamiento. Pero el verdadero proceso comenzó en 2018 con mi parte mental, emocional y espiritual. Ahí empezó mi transformación real: mi desarrollo personal, mi descubrimiento interno.

¿Cómo llegó el amor verdadero a tu vida?

Sí. Mi pareja es Ana Clara Capeletti. La conocí en 2008, cuando estaba en La Konga. Fue en un show en Córdoba Capital. Ella nunca había ido a un baile de cuarteto; fue a verme porque me había visto en una publicidad. Ahí nos conocimos. Cosas de la vida.

¿Qué te llevó del escenario musical al universo del coaching y la formación humana?

Hoy entiendo que todo lo anterior fue una preparación para lo que viene. El escenario me dio herramientas para la oratoria, para comunicar, para conectar emocionalmente.

Me llevó la búsqueda personal. Estaba buscándome. El coaching es un mundo incómodo, donde tenés que trabajar la mente, la escucha activa y tu propio ser para poder acompañar a otros.

¿De qué manera tu experiencia artística te ayudó a comprender el liderazgo y la oratoria?

Recién ahora lo estoy entendiendo. Antes no era consciente de lo que era el liderazgo personal. Y ese es el liderazgo más importante: liderarte a vos mismo.

El arte te conecta emocionalmente y eso me ayudó muchísimo. Hoy soy coach, líder y orador, y todas esas facetas están conectadas. Coaching, liderazgo y oratoria van de la mano.

 ¿Cómo trabajás con las personas que buscan crecer mental, corporal y espiritualmente?

Trabajo en sesiones uno a uno, virtuales o presenciales. El coaching ontológico aborda los tres dominios del ser: lo mental, lo emocional y lo corporal. La corporalidad no es solo hacer ejercicio, sino cómo comunicás, cómo te movés, cómo te mostrás. Todo está integrado. El cliente, sin darse cuenta, trabaja en conjunto esos tres niveles.

Después de tantos años en los escenarios, ¿extrañás la música o la ves como un capítulo cerrado?

No, no está cerrado. El año pasado hice dos colaboraciones, una con Fran Bertolini de Santa Fe y otra con Marcela Olivera de Córdoba. No descarto volver. Al contrario: creo que a futuro voy a seguir y me gustaría integrar música y coaching arriba del escenario.