Como en cada año impar, la política local vuelve a afilar sus uñas, desempolvar sus banderas y poner en juego ese arte antiguo de los acuerdos de café, las traiciones con justificación ideológica y los reencuentros que sólo la necesidad electoral sabe forjar. En el distrito de General Arenales, el tablero comienza a moverse y ya nada parece tan firme ni tan definido como cuatro años atrás. O como el año pasado. O como la semana pasada.
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El peronismo y el radicalismo —los históricos antagonistas que en este pueblo se conocen más por los nombres propios que por las siglas partidarias— vuelven a verse las caras, aunque algunos lo hagan desde otro ángulo, con otros colores, o al menos con otro discurso. La política, como dijo el General Perón, es el arte de hacer lo necesario. Y parece que algunos decidieron que era necesario cambiar de vereda, o al menos, acercarse a la que más reparo ofrece cuando arrecia la tormenta.
Uno de los nombres que más ruido viene haciendo en los pasillos del Concejo Deliberante y en las mesas chicas de café con medialunas es el de Matías Geloso, actual concejal que supo llegar con la boleta de Juntos por el Cambio, pero cuya pertenencia ha sido tantas veces discutida que algunos ya no recuerdan si fue o vino. Su historial opositor al oficialismo local lo mostró activo, crítico y vehemente. Pero no faltaron las ocasiones en que su posición pareció más cómoda para el peronismo que para el espacio que lo llevó al recinto.
Dicen —y en política, lo que se dice siempre vale más que lo que se firma— que Celoso fue visto en una reunión nocturna de alto voltaje simbólico, durante una tormenta, en un clásico café de General Arenales. Lo acompañaban, según las lenguas filosas, algunas de las figuras más emblemáticas del peronismo local. Allí, entre cortados y truenos, se habría sellado algo más que una tregua: un pacto de convivencia que implicaría volver al redil justicialista… o al menos acercarse lo suficiente como para ser tenido en cuenta.
El gesto no fue aislado. En los días siguientes, hubo asado y política en su casa, donde se congregaron peronistas históricos, arrepentidos, camuflados y “renovados”, todos bajo la consigna tácita de no hablar de procedencia. Porque como decía el General, “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, y en épocas electorales, lo importante es sumar y no preguntar demasiado.
De ese encuentro gastronómico sólo se ausentaron dos nombres clave: Emir Miranda y Claudio Artero, acaso por cálculo político, acaso por convicción, o simplemente porque sabían que no hay suficientes sillas para tantos caciques en una sola tribu.
Y ahí está la pregunta del millón: ¿quién será el cacique de esta tropa tan variopinta? Porque si algo caracteriza a esta nueva camada de armadores, referentes y posibles candidatos, es que muchos quieren un lugar en la foto, un puesto en la lista y un poco de historia que contar. La vocación de servicio está, claro. Pero también está la vocación de poder, que en política no se disimula ni se niega: se negocia.
Así las cosas, mientras el peronismo reacomoda los melones en el carro y la oposición se pregunta cuántos de los suyos aún son propios, el clima político en Arenales promete una campaña tan sabrosa como ese asado compartido: con picante, con vuelta de hoja y con final incierto.