El complejo agroindustrial argentino sigue siendo el principal generador de dólares del país. Según datos oficiales y privados:
— cerca del 70% de las divisas que ingresan a Argentina provienen del agro,
— y el sector exportador agroindustrial proyecta más de USD 34.000 millones para 2026. (YouTube)

Sin embargo, Argentina continúa siendo uno de los pocos países del mundo que aplica retenciones masivas a las exportaciones agropecuarias. Informes de FADA y especialistas en competitividad muestran que países competidores como Brasil, Estados Unidos, Australia, Uruguay o Paraguay prácticamente no aplican impuestos similares sobre exportaciones agrícolas. (Agrofy News)
El gobierno de Javier Milei redujo parcialmente las retenciones durante 2025 y 2026:
— soja: de 26% a 24%,
— maíz y sorgo: de 9,5% a 8,5%,
— trigo y cebada: de 9,5% a 7,5%. (Argentina)
Desde Nación sostienen que el objetivo es “aliviar fiscalmente al productor” mientras se ordenan las cuentas públicas. (Argentina)
Pero desde entidades rurales insisten en que Argentina sigue castigando al sector que más dólares genera. Estudios del IERAL incluso muestran que muchos insumos agropecuarios argentinos son más caros en dólares que en Brasil, Uruguay o Estados Unidos. (Infocampo)
Y ahí aparece una comparación incómoda:
Australia exporta alimentos y premia al productor para que invierta más.
Argentina exporta alimentos…
y todavía discute cuánto más puede sacarle antes de que deje de producir.
Es como tener una vaca que da leche todos los días…
y en vez de alimentarla mejor, seguir preguntándole cuánto más puede aguantar.
Porque ningún país agroexportador serio vive peleándose permanentemente con el sector que le genera dólares.
Brasil convirtió al agro en estrategia nacional.
Estados Unidos subsidia productores.
Australia protege competitividad logística.
Argentina muchas veces parece discutir el campo como una culpa histórica en vez de una potencia económica.
Y ahí nace una grieta peligrosísima:
el productor siente que trabaja para sostener un Estado gigante.
Y gran parte de las ciudades siente que el campo vive privilegiado.
Mientras tanto, otros países producen, exportan y avanzan sin esa guerra interna eterna



